18 de abril de 2014

Gabo, la manera sencilla de llegar a García Márquez

Gabo en estado puro / Mano en la cabeza y mirada en el papel, pie descalzo sobre la baldosa, mesita apenas firme y equilibrada con la cuña de papel bajo la pata de la mesa. Así se forjó el Nobel de Literatura 1982 


(Van estas pocas líneas por pedido de mi hija Magaly)

Escribir sobre un genio de la literatura universal, para un neófito, es tan desafiante y riesgoso como esperar de un aprendiz de física un ensayo profundo sobre la Teoría de la Relatividad de Einstein. Quizá es más "terrenal" y cercano acercarse a Gabriel García Márquez por la ventana del periodista de cepa, por el vericueto exclusivo del épico y riguroso reportero que gozaba quemando suela; por el chaquiñán del narrador que se solazaba construyendo -o reconstruyendo- historias inverosímiles que el lector pronto aprendió a valorar. Mejor dicho, se me ocurre que para llegar a García Márquez, la mejor vía es simplemente Gabo…

Lo vi jovial y feliz aquel agosto de 2006, en Monterrey, la industriosa y cálida ciudad mexicana que se extiende caprichosa al pie de la Sierra Madre. A pesar de su edad y de su delicada salud, Gabo irradiaba su caribeña amabilidad y sobre todo su proverbial profundidad filosófica, a través de frases cortas que por lo general tenían efecto retardado entre sus interlocutores. Sin embargo, lúdico e irreverente como él solo, García Márquez, a pesar de la pausa meditada que aparentaba una lentitud en sus formas, era extremada y extraordinariamente veloz e incisivo en sus múltiples ideas. Y para bien de la humanidad, su maravillosa pluma condensó aquella dialéctica tan garciamarquiana, tan colombiana, tan latinoamericana, tan universal: artesanía pura en el hacer, profundidad filosófica y vanguardia estética en el pensar.

Estuvo ahí poco tiempo, el suficiente para evidenciar una de sus prioridades de toda la vida: respaldar con su presencia, con su voz, con su ejemplo, las buenas hechuras del periodismo latinoamericano. Habló poco en el acto de premiación; pudiéramos decir: lo justo y necesario para expresar su mensaje condensado a los periodistas allí convocados. Desde entonces, esta frase suya, entre muchas otras, la tengo clavada como estaca en mi conciencia: "No es suficiente hacer buen periodismo -algo que sí se hace en nuestra América Latina-, lo importante es que se sepa..."

Luego llegaron las fotos, los premios a los ganadores y otros detalles que no vienen al caso mostrar ni contar. Tiene valor histórico, en cambio, lo que dijo Gabo en la recepción que le ofrecieron los reyes suecos el día que recibió el Nobel de Literatura. Fue una lección de vida desde la cultura del liqui-liqui, el provocador traje que usó el galardonado para representar la gallardía y estirpe del hombre del llano colombiano, del ser humano humilde y universal como él.
…………
Discurso de Gabo en el "Banquete Nobel", dic. 10, 1982 (original en español)


Sus Majestades, Sus Altezas Reales, Amigos:

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como la evidencia, a menudo agobiante, del compromiso que se adquire con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese transfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, que pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido facil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan evidente como milagrosa totalidad rescata a nuestra América en Las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora evidencia de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.