13 de noviembre de 2014

Medios, poder y política en Ecuador (1)

Prensa y poder frente a frente - El periodista Diego Oquendo, 45 años entrevistando a personajes políticos. A Osvaldo Hurtado en 1969 (izq.), y a Guillermo Lasso en el 2014. Fotos: archivos particulares
1. Introducción.- En febrero de 1972, cuando los militares liderados por Guillermo Rodríguez, general bonachón apodado el "bombita", consumaron el golpe de Estado contra el dictador civil Velasco Ibarra, mi padre recibió un telegrama, y con él, una orden conminatoria transmitida personalmente por el mensajero uniformado: "En el acto tiene usted que informar, a través de su emisora, que se ha instaurado en el país un gobierno revolucionario y nacionalista comandado por las Fuerzas Armadas ecuatorianas, y a partir de ahora su emisora queda bajo censura". Por largo tiempo aquel telegrama reposó en los archivos familiares, hasta que un día no apareció más; pero mientras se conservó fue un símbolo, constancia de un momento histórico visto desde el seno familiar.

Como las instalaciones de la "Radio 13 de Noviembre" (Alausí, Chimborazo) estaban en la parte alta de la casa, la noticia amargó el almuerzo familiar. Ahí mismo, mi padre, austero en el hablar, lanzó esta frase en voz alta: "Otra vez esta joda de la política, ahora viene un nuevo cambio de gobierno y no tardarán en llegar los nuevos salvadores de la patria". Yo estaba en la escuela primaria, de modo que me "estrené" de madrugada en la comprensión del folclor político nacional, tan acostumbrado a los golpes de Estado. En perspectiva, ahí se gestó también mi entendimiento del profundo nexo entre poder mediático y poder político. En esos días era difícil para un niño descifrar un acertijo recurrente, la relación medios-poder-política. Ahora lo intentaremos. Les comparto un avance de mi nuevo trabajo: "Medios, poder y política en el Ecuador".

2. La prensa y el poder en la década del 70.- El 29 de abril de 1979, el político centroizquierdista Jaime Roldós ganó la segunda vuelta electoral y aplastó en las urnas al conservador Sixto Durán Ballén (68,5% y 31,5% de los votos, respectivamente). El 10 de agosto de ese año, Roldós Aguilera asumió el poder y cerró casi una década de gobiernos de facto (civiles y militares), cuyo telón de fondo fue la conversión económica del país, al pasar de una economía agraria y semifeudal al emergente capitalismo modernizante. Ese giro fue posible porque hubo cómo financiarlo, la cascada de petrodólares. El sorprendente "boom" alteró todas las coordenadas del mapa económico nacional y de ahí surgió también un ejército sin uniforme, bien alineado en sus intereses: tecnócratas. especuladores y financistas del modelo (¡algunos todavía vigentes!). De su lado, si bien la clase política remozaba su ropero, había dejado casi intactas sus prácticas, y lo que es peor, había petrificando una vez más sus ideas ante un país cambiante. En resumen, el status quo se mantenía aunque mostraba nuevos encajes.

Bajo estos parámetros no es difícil comprender que, durante la década del 70, los medios en general sufrieran el natural hostigamiento del poder político dictatorial. Pero los procesos de ese tipo tienen pisos y techos. Los medios, por su naturaleza y posición, actuaban como bisagras del sistema y se sentían cómodos ahí; salvo excepciones, ni fueron resortes contestatarios ni se veían a sí mismos en esa tarea. En general, todos soportaron el vendaval de la crítica calculada y la censura a cuentagotas administrada por los gobiernos de facto. Sin embargo, sacaban buen provecho de la bonanza petrolera que irradiaba desde el poder político. El "boom" les permitió crecer en fondo y forma, es decir, como medios generadores de opinión y como empresas rentables de medios de información.

La sociedad ecuatoriana había empezado a consumir más y su enmohecida economía dejaba atrás algunos lastres semifeudales que impedían el acomodo capitalista. Ese proceso abrió nuevos cauces de opinión a los medios y expandió las fronteras mercantiles que les daba vida como empresas privadas. Ser crítico frente al poder político redituaba, porque la economía estaba en alza; de manera que negocio y ganancias crecían. A su vez, para el poder político era buen negocio venderse como actor condescendiente con los medios, sin dejar de golpear la mesa una que otra vez, para recordarnos a todos que estábamos en "dictablanda" (por cierto, esta caracterización cantinflesca acuñada por los medios de entonces es la mejor manera de condensar aquel período).

El periodismo criollo, acoplado a esta dinámica política, pulió entonces algunas líneas de trabajo y depuró parte de sus métodos operativos. Fue algo inevitable y devino natural el surgimiento de una pléyade de profesionales de la comunicación social -varios de ellos aún vigentes tras casi cinco décadas de ejercicio- que se encargaría de procesar, tamizar y transmitir un discurso específico en tiempos concretos. Ese conjunto de profesionales (con las excepciones de rigor) empaquetó ante la sociedad ecuatoriana sus "productos terminados" en el campo de la opinión y de la información, sin ponerle mucho cuidado a la necesaria separación de aguas entre ésta y aquélla. Ese proceso mediático se filtró de arriba hacia abajo, vale decir, empezó en los grandes medios impresos y radiales de la época (los medios televisivos no habían alcanzado aún ni la fuerza ni el alcance que ostentarían a partir de la década del 90, como veremos después) y se diseminó por todos los medios, incluidos los más apartados de la República.

Entre los recursos periodístico-operativos de uso intensivo en esos años, remarco uno que tuvo particular relevancia como instrumento mediático: el género de la entrevista, donde por lo general ocurría una de dos cosas: el entrevistador anulaba al personaje, o el personaje anulaba al entrevistador... pero nunca se anulaban ellos, se complementaban. Como quiera que sea, al final del día quedaban claras dos cosas con respecto a los medios: suya era la tarea de pontificación de la opinión y suyo el monopolio de la información. Quienes administraron el poder político dictatorial de entonces, personajes sagaces bajo la sombra, lo sabían de sobra. Por eso ni desbordaron sus límites ni dejaron de cobijarse en la lógica dominante harto conocida en nuestro continente: blandir el sable con una mano y extender la zanahoria con la otra.