28 de marzo de 2015

Continental: historia del banco que terminó en papel

La cabeza del Grupo Financiero Continental / Leonidas Ortega Trujillo, en los días turbulentos de la caída del imperio económico que lideró desde su creación, a inicios de los años 70. Foto: Archivo H. Ramos  


 1. Los antecedentes
En Guayaquil y Quito, la tarde del 19 de marzo de 1996 y la madrugada del 20, fueron horas turbulentas para mucha gente, en especial para quienes, a puerta cerrada, decidieron el destino del 5to. banco privado más grande del Ecuador. La terapia de shock devino inevitable para intentar salvar al moribundo que, gracias al manejo fraudulento de sus fundadores, cayó en la fatídica espiral de la insolvencia financiera. Esos días, la Junta Monetaria (JM), presidida por la imborrable Ana Lucía Armijos, en coordinación con la Superintendencia de Bancos (SB), dieron luz verde al Banco Central del Ecuador (BCE) para ejecutar un atrevido e inédito plan delineado en medio de las llamas: evitar a toda costa la quiebra del Banco Continental (BC), inyectándole nuevo capital, ese sí real (pues el anterior se había evaporado por obra y desgracia de sus antiguos dueños), a condición de que los administradores y accionistas causantes del desastre, es decir, el arrogante clan Ortega-Trujillo, entregue las llaves de la tienda, salga ipso facto por la puerta de servicio y se atenga a las responsabilidades posteriores para asumir con su patrimonio las consecuencias del fraude ocasionado. 

Viéndolo bien, ese fue un día histórico. Hoy, a 19 años de aquel suceso, la historia gira y los Ortega-Trujillo, condenados en última instancia por una corte británica, están obligados a pagar al erario nacional US$ 192 millones (más los intereses que están por definirse) por el delito cometido contra fondos de todos los ecuatorianos. La justicia tardó pero llegó...

En aquel vértice confluyeron varios caminos; en concreto, tres: i) El del Gobierno, que vio socavadas las bases de su agresivo y maquillado modelo neoliberal, basado en el aperturismo bancario "dahiksiano", precisamente en los peores momentos de debilidad política y huida por los tejados. ii) Se añadieron las luces de alarma encendidas por la banca privada que, en conjunto, vio peligrar sus intereses corporativos; por tanto, activaron su estrategia para aislar a la manzana podrida (cuanto antes, mejor), claro está, con fondos públicos, en ningún caso con aportes de sus socios. En esa línea, la banca asignó tareas precisas a su eficiente punta de lanza, Guillermo Lasso Mendoza, férreamente instalado en el poder como su vocal-representante en la sacrosanta JM. iii) Por supuesto, merodeaban también los intereses enlodados de los afectados-causantes de la crisis del BC, los Ortega-Trujillo, que capitaneados por su emblema familiar, don Leonidas (foto superior), ejercieron un intenso y vil cabildeo sobre los poderes locales involucrados en su caso, yendo incluso más allá de las "fronteras patrias".

2. Caída del Continental: el anunció que todos oyeron y pocos comprendieron
Él enjuició a los Ortega / Augusto de la Torre, ex gerente 
del Banco Central, asumió el proceso legal contra los ex 
dueños del Banco Continental. 
La crisis y el derrumbe del Banco Continental (1995-96), el mayor sismo financiero que sacudió al Gobierno de Durán Ballén-Dahik en la mitad de su debilitado mandato, fue el preludio del movimiento telúrico sobre todo el sistema que llegaría poco tiempo después (1998-99). Algunos elementos contextualizan mejor este tormentoso capítulo de la reciente historia bancaria ecuatoriana. 

Empecemos por la etapa final de la crisis del Continental, contada por una fuente interna de esa entidad, que si bien maquilla algunos aspectos de esta sórdida trama bancaria, muestra al final del siguiente párrafo la esencia de la corrupción y el fraude que se escondió siempre detrás de este caso. Lean con cuidado:

“El 20 de marzo (de 1996) el Banco Central (del Ecuador) otorgó al Banco Continental un crédito subordinado por 485.000 millones de sucres (alrededor de US$ 122 millones), de los cuales el Continental recibió realmente alrededor de 450.000 millones, porque la diferencia sirvió para cubrir deficiencias de encaje e impuestos retenidos por el Ministerio de Finanzas. Su objetivo era cubrir requerimientos patrimoniales de la institución, que se habían generado por pérdidas diversas en 1995, por razones que van desde los efectos de una fusión de todo el grupo financiero (Banco, Cash, Contileasing, etc.), realizada el momento en que subieron las tasas de interés, hasta una inadecuada relación entre los plazos y tasas de las captaciones y colocaciones, pasando por los efectos operativos del incendio de 1995 (de la matriz, en Guayaquil), el conflicto bélico (Ecuador-Perú), las cuentas pendientes con el grupo Conticorp o la sobrevaloración de inversiones en el fideicomiso de Bahamas”.[1]

Detalle crucial: este gigantesco crédito subordinado fue el primero de su tipo que se otorgó al amparo del art. 147 de la Ley General de Instituciones del Sistema Financiero (LGISF). Los fondos fueron a cubrir el hueco patrimonial creado por la administración Ortega-Trujillo; no fue otro crédito de liquidez, como los que, entre diciembre de 1995 y febrero de 1996, el BCE había dado al Continental.

Cuando la JM, el BCE y la Superintendencia de Bancos advirtieron el estado crítico del BC se reafirmó la tesis oficial de que la única salida posible para evitar el fatal “efecto dominó” ya no pasaba por poner más dinero en un barril sin fondo; carecía de sentido económico y moral inyectar más liquidez a la administración causante del desastre de un banco grande e importante del sistema.[2]

En ese contexto se optó por inyectar capital, pero se fijó una condición que alcanzó otra cota histórica: el BCE, en tanto principal “inversionista” y acreedor total del BC, tomó a su cargo el control absoluto del banco intervenido y se fijó 4 objetivos al conceder el crédito subordinado e intervenir directamente en la administración de la entidad en soletas: i) evitar la quiebra del Banco Continental; ii) revalorizarlo para una futura venta; iii) recuperar los créditos otorgados, iv) evitar la crisis sistémica de la banca privada nacional.

Para dar forma a semejante galimatías bancario-jurídico-técnico, la JM y el BCE, con su gerente general a la cabeza (Augusto de la Torre, en la foto adjunta), trabajaron y hallaron la salida, un fideicomiso para proteger los nuevos recursos aportados, sacar a los Ortega-Trujillo del banco nacionalizado y poner una nueva administración que represente los intereses del nuevo dueño, el Banco Central (ese primer ejecutivo fue el actual analista y político Pablo Lucio Paredes, que al parecer hoy prefiere no hablar del tema). Dejemos que el propio Augusto de la Torre lo explique:

“Dadas las deficiencias en el marco legal vigente, la intervención del Banco Continental por el BCE requirió de considerable presión moral. El préstamo subordinado (de US$ 160 millones, equivalentes al 0,7% del PIB del Ecuador de ese año) fue concedido después de que el BCE nombró nuevos administradores, y de que las acciones del Banco Continental fueron colocadas en un fideicomiso a favor del BCE, para ser legalmente reducidas contra las pérdidas de capital identificadas por la Superintendencia de Bancos (SB)” [3].

Más allá de esta acrobacia para salvar la crisis del Continental y remendar el camino para que el resto de bancos privados no caiga en el barranco, lo cierto es que la conducta de varias autoridades de control (salvando las excepciones) y de los banqueros involucrados (sin excepción que salvar) resultó deleznable, inmoral y costosa para la sociedad y el erario público. En ese momento, ni unos ni otros dimensionaron ni sistematizaron los alcances de la crisis planteada por el Banco Continental. La advertencia de un terremoto bancario ya era clara y altamente peligrosa, sin embargo, las elites políticas y bancarias, atadas a sus intereses de momento, dieron la espalda a un problema que luego estallaría en el bolsillo de millones de ecuatorianos. Con oídos sordos y ceguera interesada, dejaron pasar una oportunidad de oro para poner coto a un problema estructural que después adquiriría magnitudes colosales. El propio ex gerente del Banco Central lo expresaría con claridad meridiana. [4]

En definitiva, la legislación bancaria ecuatoriana, en ese momento crítico, demostró su elasticidad para moldear una salida coyuntural, pero también evidenció limitaciones: i) fue laxa donde debió ser precisa (en las operaciones de la banca off shore, por ejemplo); ii) resultó escandalosamente permisiva, exactamente donde se requería firmeza extrema e independencia total frente al poder acosador y no pocas veces corrupto de ciertos banqueros (p. ej.: en el manejo y control de información sensible; en la verificación de las cifras que aparecían en los balances de muchos bancos); iii) no se corrigieron las extendidas prácticas gerenciales corruptas, viciadas, muchas veces arropadas en mantos familiares, algo que era vox populi en el sistema financiero privado; iv) prácticamente no se enmendó el cúmulo de errores en materia de acción preventiva, etc.

Con estos antecedentes, el caso Continental, en tanto temblor financiero de mediana intensidad, que debió prender todas las alertas preventivas, fue el anuncio del crac posterior que tendría colosales repercusiones económicas, políticas y sociales en el Ecuador. Por lo demás, la quiebra del Continental ocurrió en un mal momento para el Gobierno, cuando su capital político había mermado considerablemente, cuando Alberto Dahik salía del poder, cuando otros cuadros decisivos acusaban el desgaste derivado de pugnas internas y de las denuncias de corrupción. 

Cuando cayó el Banco Continental, recuérdese, el equipo económico del Gobierno se encontraba a mitad del camino entre el aperturismo financiero y el surgimiento de una frágil estructura legal y operativa que resultó insuficiente para enfrentar el mal momento. Esa legislación fue incapaz de fijar severas reglas preventivas; nunca fortaleció la tarea de control efectivo; fue obstruccionista a la hora de actuar a fondo en las etapas cruciales de la crisis; fue concesiva en los momentos en que debió castigar ejemplarmente a los muchos responsables de los manejos fraudulentos de las entidades financieras privadas…


[1] Banco Continental: un esfuerzo frontal hacia el futuro, Nueva Administración del Banco Continental, Guayaquil, 21 de mayo de 1996, pág. 1. Archivo H. Ramos
[2] Entre diciembre de 1995 e inicios de 1996, el Banco Continental contabilizó dos créditos de liquidez (emergencia) por un valor de 450.000 millones de sucres, alrededor de US$ 113 millones; créditos que fueron liquidados después con los fondos otorgados por el propio Banco Central, una vez que tomó el control del Banco Continental.
[3] La gran crisis ecuatoriana de finales de los noventa, Augusto de la Torre, et. al., Cordes, Quito, 2011, pág. 22
[4] “A pesar de que serios problemas estructurales del sistema bancario se hicieron evidentes durante la crisis financiera de 1995-96, no se materializó una voluntad política de reforma”. Ibid