26 de marzo de 2017

Lourdes Tibán o la metamorfosis del movimiento indígena

Corpus Christi, Pujilí, mayo 2015 - Tibán regala un helado de Salcedo a Glas. Foto: Archivo particular
En junio de 1990, la sierra central se había convertido en una extensa zona en ebullición social sin precedentes en la historia del Ecuador. El levantamiento liderado por la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie) tuvo ahí un enclave geográfico de indiscutido valor estratégico. Nada casual. Sobre las provincias de Chimborazo, Tungurahua, Bolívar y Cotopaxi, eje de los andes ecuatoriales, se extienden las ricas tierras que generan gran parte del alimento que abastece al mercado interno. Y en esas tierras se asientan también muchas comunidades indígenas, secularmente explotadas y oprimidas por la sociedad criolla.

Si se hace la pausa histórica se verá que el mapa sociológico del país, en esa zona, concentra la mayor fuerza productiva de las nacionalidades originarias (las otras cuotas abarcan las comarcas norteñas desde Pichincha a Carchi, y hacia el sur, de Cañar a Loja). De modo que cuando se alinearon estos 3 elementos -producción agrícola y pecuaria orientada al mercado nacional, geografía privilegiada e ignominiosa explotación semifeudal de la fuerza laboral indígena- hubo un cortocircuito social que colocó al Ecuador ante un proceso inédito. No solo eso, estuvo frente a un escenario insurreccional jamás visto, que puso en jaque a todo el establecimiento político, militar y económico del país. Las jornadas de protesta de mayo y junio de 1990 fueron, pues, los días en que las nacionalidades oprimidas irrumpieron en el escenario nacional y su telúrica presencia otorgó a la Conaie una fuerza política tanto o más inusitada que la perplejidad mostrada por la sociedad criolla. Como derivación de esas luchas, que paralizaron al país durante 2 semanas, emergieron en el firmamento político varios dirigentes indígenas forjados al calor de la convulsión social, la lucha en plazas y carreteras. Fueron días en que la extendida incertidumbre urbana y rural dejó perplejo a todo el mundo.

La histórica concentración en Latacunga
Plaza El Salto, Latacunga, junio 1990 - El levantamiento en su punto alto. Foto: Archivo particular

Resalta particularmente la histórica acción de masas en la emblemática Plaza de El Salto, en la capital de Cotopaxi (foto superior), cuando un "yachag" del lugar (Alberto Taxo) se subió a la tarima e increpó públicamente a las autoridades estatales y provinciales llevadas a la mesa por la presión del pueblo. Ahí se cuestionó, como no había ocurrido antes, su conducta opresiva, abusiva y excluyente (foto inferior). Y ante el clamor de más de 5.000 personas, el dirigente indígena proclamó vigorosamente: "queremos que nos respeten; que no se burlen cuando vamos al Registro Civil a inscribir a nuestros hijos con nuestros nombres; que no nos humillen cuando vamos al Banco de Fomento a pedir un crédito y nos tratan peor que al ganado...". Los asistentes criollos que estuvieron detrás de la mesa simplemente enmudecieron y temblaron. Ese fue uno de los puntos más altos de la lucha revolucionaria del movimiento indígena ecuatoriano. Por supuesto, esta página no consta en los anales de la "historia patria". Lo cierto es que después de esas y otras demostraciones similares del poder indígena alcanzado en esos días, empezó otra historia menos grandiosa y más deleznable: el tránsito de la inicial crítica indígena al poder, hacia la incorporación paulatina de varios de sus dirigentes en las distintas esferas del poder dominado por los políticos criollos. Lourdes Tibán consta en esa lista.
Plaza El Salto, Latacunga, junio 1990 - Alberto Taxo critica al poder criollo. Foto: Archivo particular 








De la Conaie a Pachakutik

Si la Conaie simbolizó en su momento la mejor expresión organizacional de la emergencia del movimiento indígena ante una sociedad criolla que siempre le puso la bota encima, Pachakutik, al nacer, fue la expresión política de ese mismo movimiento en su tránsito hacia la lucha por el poder. Dicho en palabras morochas, la primera organización surgió para cuestionar al poder; la segunda, para contemporizar con él. Esta es una verdad histórica que nadie puede soslayar.

No me extenderé más allá del límite que impone una nota periodística con afanes de registro histórico. Por eso no detallo lo que pasó con aquel movimiento indígena que puso contra las cuerdas al gobierno de Rodrigo Borja, pero que luego, actuando en escenarios políticos ajenos a sus intereses estratégicos, se extravió en el desierto, cuando algunos de sus dirigentes pactaron hasta con banqueros corruptos (incluido Fernando Aspiazu, por citar un caso), otros quedaron envueltos en las tupidas redes de las ONG, que llegaron como plaga, y les tomaron como folclor de temporada. No faltaron quienes optaron sin mucha agudeza política por el parlamentarismo banal; se apearon alegremente al juego de las reformas constitucionales hechas dentro de algún cuartel; apoyaron incluso a un coronel patriotero para que llegue al poder, entre tantos etcéteras que llegan al gobierno actual (que por cierto, tampoco tuvo amplitud de mira ni generosidad histórica para ir más allá de la limitadísima lectura zumbahuense de la cuestión indígena).

En fin. Cuando Lourdes Tibán, como dirigente indígena de la provincia de Cotopaxi y política de oficio bajo la bandera de Pachakutik, dice lo que dice -que apoya sin rubor al banquero Guillermo Lasso en su afán de hacerse de la presidencia de Ecuador-, históricamente se coloca a años-luz de la prédica inicial del movimiento que dice representar. Nadie sabe exactamente qué destino político tuvo Alberto Taxo después de las jornadas de 1990; quizá quedó atrapado en el ostracismo póstumo tras los días de lucha, quién sabe. Pero algo sí es diáfanamente cierto: las palabras generan esclavitud en boca de quien las pronuncia. Y lo dicho por Taxo en Latacunga hace 27 años (que aún retumba en la conciencia colectiva de muchos ecuatorianos), tanto como lo expresado por Tibán en estos días de dormidera electoral, son tan semejantes como el día y la noche, como el agua y el aceite, como revolución y reacción. Así de simple.